Hoy, cielo azul, sol al frente y unas miles de hojas tiradas por mi escritorio hablándome de literatura.
Pero a mí, a mí no me importa quién creó la manifestación de la lírica más antigua, a mí no me llama el saber
el año en el que nació y murió el Cid. A mí lo que de verdad me importa es que el día mañana sepa sorprenderme, a mí lo que me llama es imaginar que te llenas de fuerza y explotas todo aquello que me has guardado. A mí lo que me gusta es reírme de aquella manera. Lo que me gusta es contarte mis tonterías. Lo que me gusta es tumbarme en la cama y crear allí un campo de batallas, batallas en las que solo jugamos dos. A mí lo que me gustaría sería que te acercaras a mí y me susurraras: " Salir al encuentro del otro, no esperando que él dé el primer paso".
Y es que tendemos a necesitar esas cosas que al fin y al cabo las puedes encontrar en otros sitios, pero cada uno busca el sitio en el que le gusta estar, y fíjate que yo me tropecé con tu cama. Sí, me tropecé con tu cara de niño, tus ojos marrones y me quedé con esa risa nerviosa.
Sigo hablando y escribiendo mas bien sola, me sigo refugiando en algo a lo que yo llamo obsesión, vicio.
Sigo viviendo de aquello que en su día me volvió loca, aquello que aún por ser pura locura me hacía sonreír día a día, aquello que me cura de las mil y una veces en las que he sentido escalofríos por el cuerpo, en las que las gotas caían por mi recorriendo las curvas de mi mejilla, aquello a que le otorgué tantísima fuerza como para abarcar a la realidad y vivir en esa nube.
Pero todos sabemos que las nubes vienen y van y que son destructibles. A llovido tanto en esta nube hasta el punto de granizar, y no sale el sol así de pronto como tu esperas. Solo saldrá el sol, si te encargas de cambiar de estación, solo si te das cuenta que si no te gustan como están las cosas, empieces a cambiarlas.
Solo y tan solo si piensas que quién nada no se ahoga, y tu ahora tienes que enseñar a nadar para llegar a tierra firme.
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